A menudo creemos que nuestra identidad es una fortaleza interna, algo que nos pertenece por derecho propio y que está ahí desde siempre. Pero lo cierto es que la identidad no es una abstracción; es una construcción de la mirada.
Todo lo que hemos retenido —ese paisaje que llamamos Topia— constituye el cimiento que nos define. Habitamos las imágenes antes de habitarnos a nosotros mismos.


Topia, Mater Topos.


Nuestra memoria visual es el sustento de nuestro propio fundamento. En rigor, somos el sedimento de todo aquello que alguna vez nos detuvo la mirada.

El derecho al sedimento
¿Es el olvido libertad o una pérdida de soberanía?


Frente a la apología contemporánea de la ligereza absoluta, la hiper relatividad, las ideas del metaverso y la postverdad, nos enfrentamos a un interrogante ético, ontológico, existencial: ¿qué queda de nosotros cuando nada se asienta?
La imagen actual —desmaterializada, sin lugar, puramente transitoria— se presenta como una liberación, pero también la percibimos como  el riesgo de la desposesión. Sin la capacidad de fijar la mirada, la identidad se vuelve volátil; disuelta en un presente infinito sin peso ni centro.
En Tomato, reivindicamos la necesidad de la permanencia.
El libro no es un soporte accesorio; es un acto de gravitación. Imprimir es obligar a la imagen a ser cuerpo y a envejecer con nosotros. Siguiendo la intuición proustiana, entendemos que el tiempo se recupera en el encuentro con la materia: el objeto sensible que actúa como guardián de la memoria.

Reclamamos el derecho al sedimento y a la herencia. Porque intuimos que lo que tiene el peso suficiente para quedarse, termina convirtiéndose en nuestra verdadera identidad.

Ana y equipo
Carrito de compra
error: Content is protected !!
Scroll al inicio